Jesús revela que la plenitud de la Ley y los Profetas reside inseparablemente en el supremo mandamiento de amor a Dios y al prójimo.
25 de octubre – XXX Domingo del Tiempo Ordinario
Este domingo, la liturgia nos ofrece un pasaje del Evangelio de San Mateo, en el que se narra un encuentro entre Jesucristo y los fariseos. No era la primera vez que intentaban tenderle una trampa. A pesar de tantas reprensiones recibidas, vuelven a presentarse ante el Redentor para preguntarle: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» (Mt 22, 36).
Santo Tomás de Aquino comenta que, además de calumniosa, la cuestión era presuntuosa, pues «quien no ha cumplido ni el menor no debería preguntar por el mayor». Jesús responde entonces: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero» (Mt 22, 37-38). Respecto a esto, señala el Doctor Angélico: «Dios debe ser amado como lo primero digno de amor, ya que Él mismo es el fin primero, mientras que todas las demás cosas son amadas en razón de ese fin. Por tanto, quien ama a Dios como fin lo ama con todo su corazón».
Las siguientes palabras del Salvador constituyen algo más que una interpretación de la Ley; se trata de la revelación del propio ser de Dios. Jesús no sólo vincula las tablas de la Ley con el profetismo, sino que establece la caridad como el núcleo de la vida espiritual: «“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 39-40). Al respecto, el Aquinate aclara que la expresión «como a ti mismo» no se identifica con el egoísmo, sino que significa que debemos amar a los demás con el mismo fin con que nos amamos a nosotros mismos: por amor a Dios. El papa Benedicto XVI desarrolla esta perspectiva en la encíclica Deus caritas est, enseñando que el amor a Dios y el amor al prójimo, en el fondo, son dos caras de la misma moneda, inseparables y complementarias. Quien ama verdaderamente al prójimo ama a Dios y viceversa.
Nuestro Señor es el Amor mismo, que nos amó primero (cf. 1 Jn 4, 19), hasta el punto de entregarse en la cruz como amigo (cf. Jn 15, 13) y hacernos herederos de la bienaventuranza eterna. Jesús también nos atrae hacia sí, y esta unión se realiza mediante la caridad, vínculo de la unidad perfecta (cf. Col 3, 14).
En esta virtud están incluidas todas las demás. Para ello, conviene seguir la recomendación de San Pablo, es decir, imitar a los santos y al Señor, «acogiendo la Palabra en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo» (1 Tes 1, 6).
Que al recorrer este camino, a veces sinuoso, nuestro amor al prójimo no sea un mero esfuerzo humano, sino que refleje concretamente el amor absoluto del Padre por cada uno de nosotros, purifique nuestro entendimiento y nuestra voluntad y nos prepare para la visión beatífica, en la que la virtud suprema —la caridad— será, por fin, la única Ley que reinará eternamente: «El amor no pasa nunca» (1 Cor 13, 8).
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, octubre 2026.