Las mayores amenazas para la viña de Dios no son externas, sino que brotan del corazón de los propios labradores.
4 de octubre – XXVII Domingo del Tiempo Ordinario
Martes, Semana Santa. El Redentor dirige una incisiva parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, en un intento de apartarlos de sus iniquidades. Cuenta la historia de una viña —figura de la «casa de Israel» (Is 5, 7) y anuncio de la Iglesia— arrendada a unos labradores.
A primera vista, la alegoría parece sugerir que el mayor peligro para la viña es la intrusión de ladrones. Para repelerlos, la plantación está resguardada por cercas, alusión al poderoso amparo del ejército angélico. Aun así, tales defensas resultan insuficientes: los salteadores son astutos y no escatiman esfuerzos para infiltrarse a escondidas en el campo. Es necesario construir también una torre de vigía. He aquí la eterna advertencia: «Velad y orad para no caer en la tentación» (Mt 26, 41), pues Eva, Sansón, David y muchos otros sucumbieron por falta de vigilancia.
En este escenario, todo augura prosperidad: las «buenas cepas» (Is 5, 2) están protegidas por cercas, atalayas y centinelas; el terreno está desbrozado y el lagar produce los mejores vinos. Ahora el dueño ya puede viajar al extranjero: los labradores se encargarán de la vendimia y todo irá bien…
Pero no. El propietario —Dios— delega la responsabilidad de la viña en unos escogidos. Éstos, no obstante, se apoderan de ella y maltratan a sus emisarios. Finalmente, como último recurso, ese padre de familia envía a su propio hijo para recoger los frutos. Lo que ocurre a continuación es espantoso: los labradores lo reciben con una brutalidad inaudita y lo golpean hasta matarlo, como vaticinio de la Pasión redentora que sobrevendría pocos días después.
Así, el divino Maestro sugiere que la principal amenaza para su viña no proviene de los enemigos externos, sino de los internos, sobre todo de aquellos a quienes se han confiado responsabilidades. No son los Dioclecianos y sus persecuciones los que más afligen a la Iglesia; ni los Robespierres y sus guillotinas; ni tampoco los Stalins y sus gulags. La amenaza más grave reside en los traidores de dentro. Entre ellos, el más funesto es el que se traiciona a sí mismo. Judas había sido llamado desde el principio a ser ministro de Dios, labrador de la viña. Sin embargo, antes de traicionar a Jesús, traicionó su propia vocación. Por eso, más le habría valido no haber nacido (cf. Mt 26, 24)…
La conclusión de la parábola pone de manifiesto el dinamismo de la gracia, que jamás se desperdicia: el Reino de Dios se le quita al sanedrín —los labradores infieles— y se le da al nuevo pueblo elegido, que producirá frutos (cf. Mt 21, 43), es decir, a los bautizados, partícipes de la invencibilidad misma de la Iglesia.
¿Y los enemigos de la viña ¿Saldrán ilesos? La respuesta brota de los labios del Salvador —la piedra rechazada por los arquitectos— en el versículo que sigue al pasaje de este domingo: «El que cayere sobre esta piedra se destrozará, y a aquel sobre quien cayere, lo aplastará» (Mt 21, 44). Cristo y su Cuerpo Místico no sólo resisten a sus enemigos, sino que los reducen a polvo.
Si Judas hubiera recurrido al auxilio maternal de la Santísima Virgen, la historia habría sido otra. Ella es la «torre de vigía» que no sólo vela por nosotros y nos rodea de afecto y protección, sino que también aplasta en todo momento la cabeza de la serpiente (cf. Gén 3, 5). Unidos a Ella, ¡el triunfo sobre los enemigos —incluso sobre los más internos— estará siempre garantizado!
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, octubre 2026.