Mientras fariseos y herodianos discuten sobre la moneda del impuesto, Jesús les muestra que lo que más importa es comprender la imagen grabada en ella.
18 de octubre – XXIX Domingo del Tiempo Ordinario
Aquel que pasó su vida haciendo el bien (cf. Hch 10, 38) libra ahora sus últimas luchas antes de la Redención. El odio contra Él alcanza su punto álgido y se manifiesta en esta liturgia dominical mediante palabras melosas: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad» (Mt 22, 16).
Los autores de esta artimaña son los fariseos, quienes, al enviar a sus discípulos para hacer caer a Jesús en alguna contradicción, se alían con sus enemigos políticos, los herodianos.
Los fariseos aspiraban a que el pueblo elegido se viera libre de toda autoridad civil; los herodianos, por el contrario, se habían acomodado al sistema tributario romano. Jesús se encuentra, pues, entre dos grupos que, pese a sus divergencias, coinciden en el deseo de eliminarlo.
Al plantearle a Nuestro Señor un problema de conciencia —«¿Es lícito pagar impuesto al César o no?» (Mt 22, 17)—, pretenden acorralarlo. A juicio de los fariseos, el impuesto se debe a Dios, no a los emperadores. Si Jesús defendiera el pago, se granjearía el odio del pueblo y sería tenido por falso profeta; si lo desaconsejara, se convertiría en reo de insurrección contra la autoridad romana.
La sutileza de la pregunta, oculta tras la máscara de la hipocresía, exige una respuesta de prodigiosa perspicacia. La sencillez divina se limita a pedir el objeto en litigio: «Enseñadme la moneda del impuesto», y le presentaron un denario (Mt 22, 19).
En aquella época, los romanos concedían a los pueblos subyugados el privilegio de acuñar sus propias monedas de cobre, decoradas con motivos animales o vegetales; en cambio, las monedas de plata —las únicas aceptadas para el pago del tributo— circulaban por todo el imperio y ostentaban la efigie del César, coronada de laureles.
La evidencia de los hechos es la respuesta perfecta de Nuestro Señor, pues si bien en teoría los fariseos repudiaban el impuesto al César, en la práctica usaban su moneda sin escrúpulos… ¡Una hipocresía tras otra! La sentencia definitiva del divino Maestro resuena a lo largo de los siglos: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21).
Esta enseñanza divina atravesará los siglos, porque establece la necesaria concordia entre el orden civil y el eclesiástico: ambos proceden de Dios y deben converger hacia el bien común, atendiendo a las necesidades espirituales y materiales de la sociedad. Esta armonía debe empezar en nuestro interior, pues llevamos grabadas en nuestro ser tanto la imagen de César, manifestada en nuestras necesidades físicas, como la imagen de Dios, según lo revelado al principio de la creación: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gén 1, 26).
Si lloramos al perder una moneda valiosa, ¿no deberíamos lamentarnos también cuando desfiguramos la imagen de Dios acuñada en nuestra alma? Bien lo sintetiza San Agustín: «Como el César busca su imagen en su moneda, así Dios busca la suya en tu alma. Da al César, dice, lo que es del César.¿Qué te pide el César? Su imagen. ¿Qué te pide Dios? Su imagen. Pero la del César está en la moneda, la de Dios está en ti».
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, octubre 2026.