La parábola del banquete nupcial parece reflejar cierto desorden del mundo actual ¿Cómo volver a centrarlo?
11 de octubre – XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario
En el vasto teatro de la creación, desde el macrocosmos hasta el microcosmos —el hombre—, todo gira en torno a un mismo centro.
De este principio derivan expresiones corrientes como «estar descentrado», «volver a centrarse» y «mantenerse centrado». Que el mundo padece una crisis fundamental —pues está, en buena medida, «descentrado»— y que urge una intervención divina para volver a centrarlo es una verdad que no requiere demostración.
La parábola del banquete nupcial parece reflejar el desorden del mundo actual: unos desatienden la invitación del rey; otros golpean a sus embajadores y los matan; un hombre entra en el recinto sin la vestimenta adecuada.
Si bien la función principal del alimento es mantener la vida y la salud física, éste también posee, en un plano superior, la capacidad de fomentar la convivencia humana y la práctica de la virtud. En la Sagrada Escritura, el Reino de los Cielos es comparado innumerables veces con un banquete. Y la Divina Providencia quiso que nuestra necesidad de alimento nos preparara para el banquete eucarístico, en el que Jesús mismo se nos ofrece como pan para el sustento de nuestras almas.
Durante milenios, el divino Artista trabajó en la restauración de su obra maestra, desfigurada por la desobediencia de nuestros primeros padres, preparando providencialmente las nupcias de su Hijo con la humanidad. Tras la caída, en cuya raíz estaba el fruto prohibido (cf. Gén 2, 16-17), el Señor educó al pueblo mediante diversos signos sensibles, como el maná y los sacrificios rituales. En «la plenitud de los tiempos» (Ef 1, 10), cuando la iniquidad llegó al extremo de pretender eliminar al propio Dios, Él formó a la Nueva Eva, capaz de concebir al Verbo eterno. Es entonces cuando, por medio de María Santísima, la Madre de la gracia, la Trinidad ofreció a los bautizados los frutos renovados de la vida y del conocimiento divino.
Con la Eucaristía, Cristo abre a los hijos de Adán el acceso al «pan vivo» (Jn 6, 51), prefigurado por el fruto del «árbol de la vida» (Gén 3, 24) en el paraíso terrenal y prometido al vencedor en el Apocalipsis (cf. Ap 2, 7).
En la parábola, el traje de boda representa la blanca túnica bautismal, que debemos conservar sin mancha mediante una vida recta, la práctica de las buenas obras y Reproducción la observancia de los mandamientos. En el banquete de la santa misa, cuando Cristo se da a sí mismo como alimento (cf. Mt 26, 26), recibimos las gracias necesarias para alcanzar tan elevada meta.
Por lo tanto, hemos de acercarnos a la Eucaristía con las debidas disposiciones, pues San Pablo advierte que comer indignamente la carne de Cristo y beber indignamente su sangre es comer y beber su propia condenación (cf. 1 Cor 11, 27-29).
Si hacemos del sacramento del altar el centro de nuestra existencia, todo recobrará su equilibrio: en primer lugar, nuestra alma y, en consecuencia, todo lo relacionado con ella en el orden del universo.
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, octubre 2026.