El ornato digno de un rey es tener súbditos a la altura de su grandeza.
22 de noviembre – Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo
El divino Redentor es Rey por derecho adquirido en virtud de su Pasión, pero también lo es en razón de su omnipotencia, ejerciendo dominio en el Cielo y en la tierra. Sin embargo, en ésta no se impone a los pecadores que lo rechazan. Por misericordia, les concede un tiempo de gracia para la conversión.
Este mundo es, por tanto, el bastión que les compete conquistar a sus súbditos fieles. Cuando el Señor le dijo al infame Pilato: «Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18, 36), no dictó una sentencia definitiva, sino que proclamó que su Reino universal abarcaría también el mundo, atendiendo a la súplica que Él mismo elevó al Padre eterno: «Venga a nosotros tu Reino» (Mt 6, 10).
En parte, ese Reino ya ha llegado: existe en la Santa Iglesia Católica, institución inmortal nacida del costado herido por la lanza de Longino, cuando el Rey expiraba en la cruz. Pero ¿llegará algún día el Reino definitivo? Ciertamente. La oración del padrenuestro, plegaria perfecta pronunciada por el Hijo al Padre, no es condicional.
En el Antiguo Testamento parece discernirse una especie de prenuncio del padrenuestro en la frase del salmo: «Envías tu Espíritu, y los creas, y repueblas la faz de la tierra» (103, 30). También está la promesa de San Luis María Grignion de Montfort sobre la futura venida del Reino de María. No obstante, parece que la plenitud del reinado de Cristo aún está por concretarse en este mundo, no por falta de poder de su parte, sino por la contingencia de las criaturas a la hora de conformarse plenamente al Creador.
Jesús no puede ser rebajado al nivel de un Herodes, reinando sobre súbditos que alaban a Barrabás. El digno ornato de un rey es tener súbditos a la altura de su grandeza. Si el Señor hubiera aceptado ser coronado el Domingo de Ramos, habría actuado contra su propia majestad, pues sería el Señor de criminales, interesados, usureros, pecadores, blasfemos, sacrílegos, usurpadores, politiqueros, cínicos, envidiosos, calumniadores, traidores, conspiradores…
Quiso ser Rey para llevar alegría a sus súbditos, sin escatimar ningún sacrificio para ello, hasta el punto de que la única petición que el Padre denegó al Hijo-Rey fue: «Si es posible, que pase de mí este cáliz» (Mt 26, 39). Hasta ese extremo llega el amor infinito de Dios por los hombres.
La perfecta alegría que el Señor desea para nosotros consiste en la plena conformación con Él.
Una vez alcanzado ese objetivo, el Reino de Cristo se habrá instaurado y sus súbditos participarán de un gozo que —maravilla misteriosa e insondable de la dadivosidad de Dios— tiene algo de infinito aún no desvelado por la teología. He aquí lo que Jesús le pide al Padre: «Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17, 21-23).
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, noviembre 2026.