El boceto y la obra de arte

Entre el bosquejo divino y la obra acabada, la vida espiritual de cada cristiano se construye por medio de la gracia, de la purificación y de la constante confianza. 

P. Mario Beccar Varela, EP
 
«El pintor en su taller», de Pietro Longhi - Getty Center, Los Ángeles (Estados Unidos)

1 de noviembre – Solemnidad de Todos los Santos

Quien tiene un proyecto y se lanza a llevarlo a cabo siempre alberga una cierta idea del resultado final. Durante su ejecución, el autor comprueba constantemente si la obra se acerca a su intención original.

La Sabiduría eterna no podía eludir esta regla de sabiduría práctica al crearnos, teniendo como meta nuestra plena santificación. Pero ¿en qué consiste la santidad consumada? En la beatitud celestial, a la que se llega precisamente a través de las ocho bienaventuranzas proclamadas en esta solemnidad.

En el momento en que nacemos, Dios nos entrega, por así decirlo, un «boceto» de un cuadro maravilloso, que deberá ser completado a lo largo de nuestra vida —o incluso después de su final, en el Purgatorio— hasta su acabado perfecto. Quien, en la hora de la muerte, presenta su cuadro completamente terminado es declarado «bienaventurado» —por ocho títulos— por el divino Juez.

Por ejemplo, los puros de corazón lograrán la visión clarísima de Dios, promesa que Él cumple en la vida eterna, pero que ya ha comenzado en esta vida. Como explica Santo Tomás, «esas recompensas, a las que el Señor alude aquí, se pueden obtener de dos maneras: de forma perfecta y consumada, y, por tanto, sólo en la patria; o de forma incipiente e imperfecta, y, por tanto, por aquellos que están en camino —in via—. De ahí que los santos tengan un cierto comienzo de esa bienaventuranza».

Quien no alcance el nivel de esta bienaventuranza específica no tendrá un elevado «grado de visión», según el lumen gloriæ. En la casa del Padre hay muchas moradas: unos verán más perfectamente, otros menos. Según San Buenaventura, nuestra naturaleza está deformada por la culpa, pero reformada por la gracia, de modo que debemos purificarla para ascender a Dios.

El mismo principio se aplica a las demás bienaventuranzas. Los afligidos —Jesús se refiere a los que padecen aflicción por amor a Dios, es decir, a quienes se afligen al verlo ofendido, al no verlo amado como merece— serán consolados en esta vida y en la otra, por una confianza a toda prueba. Su corazón «descansa en Dios». Nada los inquieta, pues, como afirma San Agustín, «nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Así, el Evangelio de las bienaventuranzas nos anima a confiar en Dios y suplicarle, con el salmista: «El Señor completará sus favores conmigo» (Sal 137, 8) y «No me arrebates en la mitad de mis días» (Sal 101, 25). Ésa es la petición que debemos hacer durante toda nuestra vida al divino Espíritu Santo, por intercesión de la Santísima Virgen.

He aquí la realidad: en su infinita bondad, el Creador nos ofrece a cada instante el auxilio de su gracia, siendo por ello el verdadero Autor de nuestra santificación. La «obra de arte» espiritual que debemos completar antes de ser llamados a rendir cuentas es tanto obra suya como nuestra. A nosotros nos corresponde, sencillamente, dejar que el divino Pintor use el «pincel» de nuestra alma según su santísima voluntad.

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, noviembre 2026.