No basta con que nuestras lámparas brillen «ante los hombres»; su luz debe llevar a los demás a glorificar al «Padre que está en los Cielos»
8 de noviembre – XXXII Domingo del Tiempo Ordinario
El Evangelio de este domingo forma parte del sermón que el Señor pronunció en el monte de los Olivos, poco antes de la Pasión, tras haber salido del Templo y profetizado que de él no quedaría piedra sobre piedra. Se trata de una respuesta llena de parábolas, dirigida a los discípulos, que le habían preguntado: «¿Cuál será el signo de tu venida y del fin de los tiempos?» (Mt 24, 3).
La nota dominante del sermón es la exhortación a la vigilancia en la vida cotidiana, esperando el fin de un mundo —la muerte de cada uno de nosotros y la comparecencia ante Dios— y el fin del mundo terrenal, cuando el propio Señor «ha de venir a juzgar a vivos y muertos», como proclamamos en el credo.
Esto es lo que encontramos en la parábola de las cinco vírgenes prudentes y las cinco vírgenes imprudentes, o, como reza el latín, fatuæ: locas, necias, insensatas. La narración se circunscribe a una de las etapas de la celebración del matrimonio entre los judíos.
Tras los acuerdos legales entre las familias de los contrayentes, le correspondía al novio preparar el nuevo hogar. Una vez concluidos todos los trámites, se dirigía a la residencia de la novia para llevarla hasta la casa recién dispuesta en un cortejo nocturno, durante el cual las damas de honor —las vírgenes— portaban lámparas para iluminar el recorrido. Al llegar a su destino, ante diez testigos, se pronunciaban las bendiciones propias y se formalizaba la unión matrimonial. Durante los siete días siguientes tenían lugar los festejos nupciales.
Ahora bien, en la parábola del Señor, ¿dónde está la novia?
No se identifica con una sola persona porque la representan las diez vírgenes en conjunto, aludiendo a toda la Iglesia militante, como argumenta San Agustín, la cual camina hacia los desposorios eternos, aún no consumados.
Toda alma cristiana recibe el título de virgen —como dice San Pablo: «para presentaros a Cristo como una virgen casta» (2 Cor 11, 2)—, porque debe conservar la integridad de la fe y la pureza de corazón, que la llevan a abstenerse del mal uso de los sentidos, a apartarse de la iniquidad y a practicar las buenas obras, simbolizadas por las lámparas.
Pero no basta con que esas lámparas brillen «ante los hombres» (Mt 5, 16a); es necesario que su luz lleve a los demás a glorificar al «Padre que está en los Cielos» (Mt 5, 16b). En otras palabras, nuestras acciones deben orientarse al fin último, es decir, a Dios mismo. Por lo tanto, las obras que perduran más allá del sueño de la muerte —un momento en que todos nosotros, seamos vírgenes prudentes o necias, «cabeceamos» y «dormimos»— son aquellas que brotan de un corazón lleno de piedad, que siempre lleva consigo el aceite de la caridad.
Aprovechemos mientras estamos despiertos para proveernos de ese aceite y, así, entrar con el Esposo en las nupcias eternas, donde, una vez terminadas las inseguridades y aflicciones de este valle de lágrimas, se cumplirá lo que canta el salmo: «Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos» (62, 6).
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, noviembre 2026.