La gratitud y la rebeldía

En un mundo que proclama una falsa igualdad, Nuestro Señor Jesucristo nos enseña que Dios otorga dones de manera desigual. 

P. Lucas García Pinto, EP
 
Parábola de los talentos - Iglesia de Santa María y San Nicolás, Spalding (Inglaterra)

15 de noviembre – XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

La vida de Nuestro Señor Jesucristo en esta tierra marcó un antes y un después en la historia e influyó en la humanidad en todos los aspectos, incluso en nuestro vocabulario. Prueba de ello es la parábola de los talentos, proclamada este domingo. De tal manera la enseñanza del divino Maestro se grabó en el alma humana para siempre que la palabra talento adquirió un nuevo significado.

En tiempos de Jesús, el talento era, además de una unidad de peso, una medida monetaria y poseía un valor de seis mil denarios. Teniendo en cuenta que se pagaba un denario por jornada laboral(cf. Mt 20, 1-2) y que un hombre corriente trabajaba unos trescientos días al año, ¡un solo talento equivalía a unos veinte años de labor! Por lo tanto, la escena descrita por el Salvador refleja su benevolencia y dadivosidad para con la humanidad, completamente gratuitas, inmerecidas y desproporcionadas.

Además, es notoria la desigualdad con la que el Señor otorga sus dones. El mundo hodierno pregona el igualitarismo absoluto, adoctrinando a las sucesivas generaciones en la ojeriza a la jerarquía, en la utopía de quitar al que tiene más para dárselo al que tiene menos y en el propósito de nivelar a la baja a todos los hombres. ¡El Hombre-Dios piensa de forma muy diferente!…

En la parábola, el amo entrega auténticas fortunas a sus tres siervos, incluido el que recibe menos, dando «a cada cual según su capacidad»(Mt 25, 15). Al igual que quien llena distintos recipientes con un precioso líquido, Dios también otorga plenamente sus dones a todos, de acuerdo con la medida que cada uno puede contener.

¿Quién es mejor? ¿El que recibe más o el que recibe menos? En este caso concreto, el menos favorecido fue el más perverso… porque la bondad no reside en los números ni en las cantidades, sino en la fidelidad a su amo. Esto se manifiesta en la actitud del primer siervo: «El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco» (Mt 25, 16). Actúa con solicitud y dedicación, empleando los talentos que ha recibido para dar fruto a su amo. Y «el que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos» (Mt 25, 17).

En cambio, en el supuesto «miedo» del tercer siervo encontramos el disfraz de un profundo egoísmo y un oculto espíritu de rebeldía. No sólo desprecia a su señor al enterrar el talento que recibió, sino que además busca inocular su resentimiento en los demás, acusándolo públicamente de ser responsable de su propia maldad: «Eres exigente» (Mt 25, 24). Según su visión distorsionada, el amo es el culpable de sus fracasos, y él, la víctima de los dones recibidos.

En la parábola de los talentos, Jesús inmortalizó dos familias de almas: la de aquellos que, movidos por la gratitud, se esfuerzan por corresponder a la bondad divina mediante la dedicación y el servicio a su Reino; y la de los igualitarios, rebeldes e insumisos, ingratos ante la generosidad de Dios, que buscan culparlo de sus propios errores. A los primeros se les dará más y tendrán abundancia, pero para los últimos «será el llanto y el rechinar de dientes» (Mt 25, 30).

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, noviembre 2026.