El verdadero trigo no se deja vencer por la cizaña; la enfrenta con paciencia hasta el final. He ahí el momento de proceder a la separación definitiva.
19 de julio – XVI Domingo del Tiempo Ordinario
Qué fácil es corregir con excesivo rigor, principalmente cuando se trata de un defecto ajeno que nos incomoda. En la parábola del trigo y la cizaña, sin embargo, Nuestro Señor Jesucristo nos señala un camino diferente. La verdadera autoridad no se ejerce sólo mediante el poder, sino que es fecundada por la caridad y por la paciencia, como nos recuerda el Libro de la Sabiduría: «Tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos» (12, 16).
En el relato evangélico, el enemigo —el diablo— busca arruinar la cosecha al sembrar la cizaña. Ante esta adversidad, Dios no actúa con precipitación: procede con longanimidad, con la esperanza de que surja una conversión. Primero, pondera: «Al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo»; luego, espera con clemencia: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega». Si la cizaña persiste en su artimaña y no se arrepiente, será arrancada y atada «en gavillas para quemarla» (Mt 13, 29-30).
La enseñanza contenida en esta parábola divina dio sus frutos en los siglos de oro de la cristiandad, sirviendo de paradigma para reyes santos como San Luis de Francia y San Fernando de Castilla. Estos monarcas comprendieron que la autoridad debía ejercerse de acuerdo con los preceptos divinos: por su bondad, protegían y fomentaban el bien con paternal solicitud; mediante la disuasión, reprimían ejemplarmente el mal que amenazaba el trigo de sus reinos.
Podría objetarse que, al dejar que ambos crezcan juntos, se corre el riesgo de que la cizaña, al ser más agresiva, termine por ahogar al trigo. No obstante, el dueño del campo, con divina prudencia, aguarda la maduración de los frutos. Con el paso de los meses, la diferencia se hace evidente: las espigas de trigo, cargadas de grano, se inclinan humildes; la cizaña se yergue con arrogancia, pero sin fructificar. El verdadero trigo no se deja vencer por la cizaña; la enfrenta con paciencia hasta el final. Ése es el momento de proceder, con energía y sin vacilación, a la separación definitiva.
Aplicada al contexto de la Iglesia, muchos aparentan ser buenos católicos, mientras que en su interior obran como malas hierbas en el jardín del Señor… De hecho, en la época de la cosecha se hace visible el abismo que separa a uno de otro: el trigo lleva en sí la marca de la caridad; la cizaña sólo se sirve a sí misma, es estéril. Por eso merece el fuego.
El veredicto final del dueño del campo es, por tanto, de una justicia absoluta: separar a quienes viven con espíritu de servicio y con la paciencia de las buenas obras de aquellos que, movidos por el espíritu de soberbia, consumieron sus vidas en el afán de sobresalir por encima de los trigales.
¿Cuánto tiempo queda para la cosecha final? No lo sabemos. De todos modos, aunque a veces nos sintamos sofocados por la cizaña y debilitados por la adversidad, tengamos la certeza de que «el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad» (Rom 8, 26). Por Él permanecemos como firmes espigas de trigo, bajo la protección de la Virgen María. Así, nunca seremos consumidos por el fuego infernal destinado a aquellos que abrazaron la cizaña del demonio.
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, julio 2026.