El secreto del amor y la semilla de la eternidad

Jesús nos invita a seguirlo por el camino del Calvario. ¿Cómo llevar este propósito a buen término? Dos puntos son fundamentales. 

P. José Roberto Polimeni, EP
 
Jesús camino del Calvario, de Hans Holbein el Joven - Galería Estatal, Stuttgart (Alemania)

30 de agosto – XXII Domingo del Tiempo Ordinario

El divino Maestro preguntó a los Apóstoles acerca de su identidad y Pedro respondió de inmediato: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16). Entonces Jesús lo bendijo: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos» (Mt 16, 17).

A continuación, Nuestro Señor revela por primera vez su Pasión, Muerte y Resurrección. El Evangelio continúa: «Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte”. Jesús se volvió y dijo a Pedro: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios”» (Mt 16, 22-23).

La reprimenda al primer vicario de Cristo es severa. ¿Por qué? Aun cuando Pedro —que todavía no era santo— hubiera reconocido la divinidad del Maestro por inspiración divina, hablaba como un hombre aferrado a las ideas del mundo. No concebía el sufrimiento en el camino del Mesías esperado, que, según su visión terrena, restauraría el poder de Israel. Jesús, en cambio, revela el aspecto sobrenatural de su venida: el rescate de la humanidad y la apertura de las puertas del Cielo.

Así, el divino Redentor nos enseña algo crucial: hemos de tener cuidado con las elucubraciones personales y con los consejos que nos aparten de nuestros deberes espirituales, aunque procedan de un amigo, pues éste será un mal consejero, es decir, ¡un satanás!

Jesús exhorta entonces: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16, 24). «Negarse a uno mismo» significa decir «no» a todo aquello que uno quiere, pero que Dios no quiere, y aceptar con gratitud cuanto la Providencia nos reserva. Es una tarea ardua, y el Señor también lo sabe, pues nos invita a seguirlo por el camino del Calvario. ¿Cómo llevar este propósito a buen término? Dos puntos son fundamentales.

Primero, hay que tener presente que «el amor es la capacidad de una persona para sufrir por otra con alegría», como lo define el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira. Sin un amor profundo al Salvador—que se demuestra mediante el cumplimiento de los mandamientos y la práctica de las virtudes—, no tendremos el valor necesario para sufrir por Él.

En segundo lugar, es fundamental mantener la mirada fija en la promesa de la eternidad, donde Nuestro Señor «pagará a cada uno según su conducta» (Mt 16, 27). Ahí reside la clave para aceptar con ánimo y fe las pruebas que Él permite en nuestras vidas. Los sufrimientos, cuando son bien acogidos, nos purifican y nos preparan para el gozo de la felicidad sin fin.

En medio de las tribulaciones del mundo, es necesario recorrer el via crucis que tantos santos, hoy habitantes del Reino de los Cielos, ya recorrieron.

Pidamos, pues, a la Madre de misericordia gracias especiales para confiar plenamente en Ella, que acompañó a su divino Hijo en los dolores de la Pasión y en la gloria de la Resurrección. Ése es el secreto del verdadero amor en esta tierra y la semilla de la felicidad eterna.

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, agosto 2026.