Es del todo necesario que no fracasemos en nuestro empeño por alcanzar la gloria, so pena de haber vivido en vano.
29 de noviembre – I Domingo de Adviento
El tiempo litúrgico que celebramos a lo largo del año hace presentes en las almas de los fieles las gracias específicas de los diversos acontecimientos de la historia de la salvación que en él se conmemoran. Por lo tanto, no se trata sólo, ni principalmente, de la evocación de hechos pasados, sino de la representación —en el sentido de volver a hacer presente— de algo que antes estaba latente.
Como sabemos, el Adviento apunta a la Navidad, así como a la segunda venida del Señor, gran expectativa de la Iglesia. Es un tiempo profundamente mariano, pues fue a través de María como Jesús vino al mundo, a este mundo cuyos días terminarán al final de los tiempos, cuando el Hijo de la Virgen venga a concluir la historia y a juzgar a vivos y muertos.
La incertidumbre es un rasgo destacado de lo que ocurre en este valle de lágrimas: imprevistos, decepciones, desengaños, esperas interminables o sorpresas poco agradables… toda clase de contingencias. Sin embargo, en nuestra vida cotidiana tenemos una certeza ineludible: la eternidad nos aguarda y acabará abrazándonos definitivamente. En efecto, seremos puestos a la derecha o a la izquierda del supremo Juez (cf. Mt 25, 31-46), lo que significa sólo dos opciones: la elevación al Cielo, para disfrutar de la visión beatífica por toda la eternidad, o la fatal caída al Infierno. Tertium non datur: no hay una tercera posibilidad. Por consiguiente, es absolutamente necesario que no fracasemos en nuestro empeño por alcanzar la gloria, pues de lo contrario habremos vivido en vano, ofendiendo a Dios y arruinando su proyecto. El dilema es de suma importancia. Por eso, el Evangelio de este domingo es tan claro, conciso e insistente a la hora de animarnos a velar sin tregua, manteniéndonos en un estado de atención continua.
Se engaña quien piensa que basta la oración para obtener de Dios las gracias que necesitamos. En otro pasaje del Evangelio, el mismo San Marcos recoge estas palabras del Señor: «Velad y orad, para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (14, 38). Una lección similar nos la da la tan conocida parábola de las vírgenes prudentes y las insensatas (cf. Mt 25, 1-13). Sí, la vigilancia precede al ejercicio de la oración y éste requiere necesariamente cautela al predisponer el espíritu para que la oración sea fecunda, y no algo ocasional o de mera rutina.
La falta de vigilancia en la espera del señor —o, como narra otra parábola, el descuido ante la llegada del ladrón (cf. Mt 24, 43)— es lo que se pone de relieve en el Evangelio de hoy: «Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos» (Mc 13, 35-36).
Ese «dormidos» se refiere al sueño físico del cuerpo, pero principalmente a cierto letargo que debilita las potencias del espíritu. Es un «sueño» que suele asociarse al relativismo, dictadura que desmoviliza la beligerancia y predispone a cualquier compromiso con el mal.
«¡Velad!». Un consejo de gran valor para cada fiel, para cada familia, para cada comunidad. El Evangelio de este primer domingo de Adviento concluye: «Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!» (Mc 13, 37).
«A todos». Por lo tanto, también a usted, querido lector de estas reflexiones.
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, noviembre 2026.