La grandiosa jerarquía de la creación

A semejanza de los campos y las semillas, entre los hombres existen legítimas diferencias de dones, capacidades e influencias. Una civilización igualitaria empobrecería la armonía de la creación.

P. Rodrigo Alonso Solera Lacayo, EP
 
«La parábola del sembrador», de Marten van Valckenborch - Museo de Historia del Arte, Viena

12 de julio – XV Domingo del Tiempo Ordinario

Vivimos en una sociedad impregnada de principios igualitarios. En mayor o menor medida, nos vemos influidos por una profunda tendencia a rechazar o, al menos, a resentirnos ante cualquier autoridad o superioridad ajena. Sin embargo, esta postura se opone a la doctrina evangélica, como podemos constatar en la parábola de este domingo.

El relato simbólico comienza con la figura del sembrador, sin cuya acción ni la semilla podría germinar ni la tierra fértil dar fruto. La tradición cristiana reconoce en él la imagen de Cristo, que siembra en las almas su gracia y su palabra. No obstante, esta alegoría también evoca a todos aquellos investidos de una misión de autoridad, enseñanza o ejemplo. En oposición a las ideologías igualitarias, el verdadero superior no existe para oprimir a los inferiores, sino para ayudarlos, protegerlos, estimularlos en la práctica del bien y guiarlos hacia la perfección. Así lo dispuso Dios al grabar en el universo los principios de jerarquía y mediación: «El Rey y Señor de los Cielos instituyó desde toda la eternidad esta ley: que los dones de su Providencia llegaran a las realidades inferiores a través de las intermedias».

A continuación, el divino Maestro presenta cuatro terrenos radicalmente desiguales en cuanto a su fertilidad: el borde del camino simboliza los corazones endurecidos; el terreno pedregoso, los superficiales e inconstantes; el suelo lleno de abrojos, los sofocados por las pasiones desenfrenadas; y, por último, la tierra buena evoca a las almas dóciles a la acción divina. Sólo las semillas echadas en suelo propicio dieron fruto, y cada una en distinta medida: unas produjeron ciento por uno; otras, sesenta; y otras, treinta.

He aquí una prueba más de la inconveniencia del igualitarismo: dado que una causa no puede producir efectos más allá de su propia medida, igualar los terrenos implicaría degradar los mejores y reducirlos a la infructuosidad, y uniformar las semillas equivaldría a disminuir la fecundidad de las más fructíferas. De manera análoga, entre los hombres existen legítimas diferencias de dones, capacidades e influencias. Cada uno puede, en distintos grados, recibir de los demás y ejercer sobre ellos un benéfico influjo. La uniformidad absoluta no existe; una civilización igualitaria empobrecería la armonía de la creación y sólo edificaría ruinas.

Se podría objetar: ¿no hay injusticia en la desigualdad? El Doctor Angélico es quien responde: «Fue conveniente que en las cosas hubiera una diversidad ordenada, de modo que unas fueran mejores que otras. […] Para que la semejanza con Dios de las cosas creadas fuera más perfecta, fue necesario que unas cosas fueran hechas mejores que otras, para que unas influyeran en las otras conduciéndolas a la perfección». Toda la creación, por tanto, se encuentra dispuesta en diferentes grados, y así debería ser también la organización social: una jerarquía armónica, cimentada sobre los fundamentos de la caridad.

Finalmente, la diversidad de frutos nos invita a un serio examen de conciencia: ¿qué tipo de semilla somos nosotros en el cumplimiento de nuestros deberes de estado y piedad? ¿Producimos obras de ciento por uno o sólo de sesenta o de treinta? ¿Buscamos ofrecerle a Dios lo mejor, según nuestras posibilidades concretas? ¿O nos contentamos con obras mediocres, dedicando al Creador nada más que una parte de nuestro amor y esfuerzo?

Pidamos a Nuestro Señor, el divino Sembrador, que transforme nuestro corazón en tierra fértil, humilde, pura y admiradora de las cualidades de los demás. De esta manera, daremos frutos generosos hasta ciento por uno.

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, julio 2026.