Jesús también nos lanza a la tormenta

Al obedecer la voz del Maestro, los discípulos se encuentran con una terrible tormenta. Todo va de mal en peor… ¿Por qué Dios lo permite?

P. Rodrigo Fugiyama Nunes, EP
 
Jesús camina sobre el agua - Colección privada

9 de agosto – XIX Domingo del Tiempo Ordinario

La idea de que Dios nos salva en las tormentas de la vida es muy hermosa, bastante corriente y enteramente real. Pero es mucho menos frecuente considerar la bondad divina cuando nos saca de la calma y nos arroja en medio de la tempestad, con el riesgo de que nos hundamos…

Inmediatamente después de multiplicar los panes para alimentar a una multitud enorme, «Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla» (Mt 14, 22). Como Dios, Él había dispuesto, desde toda la eternidad, lo que pasaría: «Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario» (Mt 14, 24).

Las tormentas en el mar de Galilea son muy fuertes, porque, al estar aquellas aguas a más de doscientos metros por debajo del nivel del mar, reciben los fuertes vientos procedentes del Mediterráneo, lo que provoca olas de más de dos metros de altura. A pesar de estar tripulada por experimentados pescadores, la barca de los Apóstoles era muy vulnerable —como todas las de la época— y su angustia debía de ser inmensa.

¿Y Nuestro Señor? Para intervenir, espera hasta «la cuarta vigilia de la noche» (Mt 14, 25), período comprendido entre las tres y las seis de la madrugada, dejando durante mucho tiempo a los discípulos en la tribulación.

La escena encierra un dramatismo intenso y sublime: obedeciendo al Maestro, se topan con una terrible tempestad; esperan casi toda la noche, sin alivio alguno, hasta que, en vez de calmar la tormenta, Jesús se acerca a los discípulos «andando sobre el mar» (Mt 14, 25). No lo reconocen, piensan que es un fantasma y empiezan a gritar de miedo. Todo va de mal en peor…

Por fin, el Buen Pastor se revela: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (Mt 14, 27). Llamado por el Señor, Pedro camina sobre las aguas, pero… al sentir el viento se asusta y comienza a hundirse; es tomado de la mano; reprendido por su falta de fe; y, finalmente, acompaña a Nuestro Señor hasta la embarcación. Sólo entonces, al subir, el viento se calma. Y «los de la barca se postraron ante Él diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”» (Mt 14, 33).

Una de las lecciones que podemos sacar de este Evangelio es que todo discípulo de Nuestro Señor —es decir, todo bautizado— se encontrará
un día en medio de una gran tormenta, sin culpa alguna por su parte, sino por obediencia a la voz de Jesús. En esa situación, desconocemos lo que está sucediendo, todo parece empeorar, el Cielo se nos presenta cerrado y sentimos que vamos a hundirnos. He aquí, literalmente, la noche oscura…

¿Por qué Dios lo permite? Para hacernos crecer en el amor, en la confianza y en la fe. En el amor, porque nuestro orgullo queda completamente quebrantado. En la confianza, porque en medio de la tormenta podemos estar seguros de la protección divina y, aunque nos estemos hundiendo como Pedro, Él nos tomará de la mano; ¡basta con esperar! En la fe, al saber que, pese a las apariencias contrarias, todo está regido por la Providencia.

Pero hoy podemos hacer algo que a los Apóstoles no les era dado realizar: entregar la barca de nuestras vidas a la Santísima Virgen. Conducidos por Ella, llegaremos incólumes al puerto del Cielo.

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, agosto 2026.