«No os dejaré huérfanos»

La promesa del Redentor se mantiene firme: si observamos sus palabras, Él no nos abandonará nunca.

San Pedro y San Juan imponen las manos sobre los samaritanos, de Willem Vrelant - Getty Center, Los Ángeles (Estados Unidos)

10 de mayo – VI Domingo de Pascua

Algunos autores denominan el texto recogido en la liturgia de hoy como la «quintaesencia del Evangelio», tal es su profundidad y riqueza de significado. Poco antes, el Salvador había instituido a los Apóstoles como sacerdotes, entregándoles su propio cuerpo y sangre como signo de la alianza. A continuación, se manifiesta con especial bondad, pues había llegado la hora de partir hacia el Padre. Pero ¿dejaría huérfanos a sus hijos?

Más que doctrinas, el divino Maestro revela una incondicional dilección por sus discípulos. De hecho, cuando se ama mucho a alguien, siempre busca su presencia; lo más desgarrador en una amistad es el alejamiento de las personas, razón por la cual las despedidas suelen ser tan conmovedoras…

Aunque de naturaleza divina, Jesús era también un hombre perfecto,1 que obraba humanamente en todo, excepto en el pecado (cf. Heb 4, 15). Por eso, en su discurso de despedida, expresa sus mejores deseos para con sus discípulos. Además, conociendo la flaqueza y la debilidad de cada uno, no sólo se despide de ellos con emotivas palabras, sino que les promete algo que solamente Dios podría concebir: «No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros» (Jn 14, 18).

Jesús jamás dejaría huérfanos a sus hijos, pero al mismo tiempo era necesario que se marchara. ¿Cómo «resuelve» este dilema? A través del Defensor, el Espíritu Santo, que permanecerá no sólo junto a los discípulos, sino también dentro de ellos (cf. Jn 14, 17). Y ahí reside la esencia de la vida mística: la presencia de Dios en nuestro interior.

La prueba del cumplimiento de esta promesa se encuentra en la primera lectura (cf. Hch 8, 5-8, 14-17). Los samaritanos, que poco antes habían acogido la Palabra de Dios, recibieron entonces al Paráclito mediante la imposición de las manos de Pedro y Juan. ¡Fue un verdadero nuevo Pentecostés!

Ahora bien, han pasado dos mil años y hoy esa promesa sigue viva en nosotros por el Espíritu de adopción de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 15). Para beneficiarnos de ella, es necesario ante todo un acto interior: «glorificar a Cristo en nuestros corazones» (cf. 1 Pe 3, 15). Esa glorificación se hace efectiva por la caridad, «vínculo de la unidad perfecta» (Col 3, 14), que consiste, sobre todo, en cumplir lo que Cristo prescribe: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15); «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama» (Jn 14, 21). Únicamente si observamos sus palabras podrá el Espíritu de la Verdad habitar en cada uno de nosotros. Así, no viviremos en la orfandad: seremos verdaderamente hijos. ¡Y lo somos!

Con insondable e infinita bondad, Dios quiso ir aún más allá en esa promesa de su presencia como Padre: nos legó el incansable amparo de una Madre. Confiemos en la protección de aquella que siempre nos ayudará, rogándole que guarde nuestro inestimable tesoro de la filiación divina y que si tenemos la desgracia de perderlo por el pecado nos obtenga la reconciliación por el sacramento de la confesión. Así podremos exclamar con el salmista: «Los que teméis a Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo» (Sal 65, 16). Él es mi Padre, María es mi Madre; ¡jamás seré abandonado!

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, mayo 2026.