La virtud de los grandes

La grandeza y la humildad sellaron en Jesucristo una alianza admirable. Él, como en todo, es el modelo insuperable de ambas virtudes. 

P. Joshua Alexander Sequeira, EP
 
«La entrada de Jesús en Jerusalén», de Giotto di Bondone - Capilla de los Scrovegni, Padua (Italia)

5 de julio – XIV Domingo del Tiempo Ordinario

La primera lectura de este domingo suena familiar a todo católico, pues figura en la conmemoración de la entrada del Salvador en Jerusalén el Domingo de Ramos: «Viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico» (Zac 9, 9). Sin embargo, pocos conocen la continuación de la profecía de Zacarías, en la que se canta la grandeza del Rey-Mesías: «Su dominio irá de mar a mar, desde el río hasta los extremos del país» (9, 10).

¿Cómo conciliar la humildad de un borriquito con la grandeza del poder divino? He aquí el núcleo de la liturgia de hoy.

El neopaganismo igualitario predica sistemáticamente una doble mentira: injuria la grandeza tachándola de opresora de los pequeños, mientras envilece la humildad con una caricatura pusilánime, necia y miserabilista.

Imbuidos de esos prejuicios revolucionarios, no faltaron quienes denigraron el Antiguo Testamento tildándolo de «duro» y «áspero», contraponiéndolo a las «dulzuras» del Nuevo, que, según ellos, estaría despojado de toda grandeza. Como si el Dios del Sinaí no fuera el mismo que el del Calvario…

La realidad, no obstante, se revela muy diferente. Grandeza y humildad sellaron, en el Hombre-Dios, una alianza admirable. Jesucristo es —¡como en todo!— el modelo insuperable de ambas virtudes. El León de Judá es el Cordero de Dios.

Lo vemos recién nacido en el pesebre, en el silencio de la noche, interrumpido solamente por el canto de miríadas de ángeles de la corte celestial y por el mugido de los animales; lo vemos crucificado entre ladrones, derramando las últimas gotas de su sangre redentora mientras el sol se oscurece y la tierra tiembla; y lo vemos también en aquel Domingo de Ramos, montado en un borrico entre aclamaciones de la multitud, como Rey de reyes que silencia la objeción de los fariseos: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19, 40).

El llamamiento de Jesús resuena, sonoro y dulce, para los «cansados» de todos los siglos: «Venid a mí […], y yo os aliviaré. […] Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 28-29).

El humilde reconoce con resignación la verdad acerca de sí mismo: atribuye sus cualidades a la liberalidad divina y sus defectos a su naturaleza pecadora. No se siente abatido al constatar sus miserias. Veraz y sin pretensiones, se regocija ante las superioridades de los demás.

Manso a imitación de Cristo, el verdadero «pequeño» (Mt 11, 25b) arde de entusiasmo por el Creador. No pide nada para sí mismo, sino todo para Dios, como exhorta hoy el salmista. Será el protector de los que viven conforme al Espíritu, pero despreciará a quienes proceden según la carne (cf. Rom 8, 13), y permanecerá erguido, sin doblegarse por miedo ni servilismo, ante los «sabios y entendidos» (Mt 11, 25a) de la tierra.

Pronto se vuelve magnánimo quien lleva el suave yugo de la humildad. Sí, las virtudes siempre van hermanadas: la genuina grandeza procede únicamente de la humildad, y sólo es humilde el que busca la magnanimidad, el que procura «emprender obras grandes, espléndidas y dignas de honor en todo género de virtudes».

Roguemos a la Santísima Virgen que nos enseñe a cantar con Ella el Magníficat, glorificando a la vez el poder de Dios en la dispersión de los soberbios y en la exaltación de los humildes.

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, julio 2026.