¿Cómo el Señor cumple la promesa de permanecer con los suyos hasta el final de los tiempos?
17 de mayo – Solemnidad de la Ascensión del Señor
La expresión francesa Partir, c’est mourir un peu resuena con especial intensidad al reflexionar sobre el significado de las despedidas en distintos contextos de la vida. Los viajes, por ejemplo, van precedidos de una cuidadosa preparación que culmina en la separación. En estas ocasiones, las últimas palabras cobran aún mayor peso, sobre todo cuando se desconoce la fecha de regreso.
Pues bien, en la solemnidad de hoy se nos invita a meditar sobre la partida del Señor. Él se prepara para un «viaje» sin fecha de vuelta: la Ascensión. Volverá una segunda vez, es cierto, pero «en cuanto al día y la hora, nadie lo conoce» (Mt 24, 36).
Entre las figuras centrales de ese episodio se encuentra María Santísima, que había presenciado los indecibles sufrimientos de Jesús durante la pasión y ahora lo contempla resucitado, a punto de recibir su glorificación terrenal. ¿Cómo habrá sido la despedida entre Madre e Hijo? ¿Qué palabras habrán intercambiado en un momento tan íntimo y, al mismo tiempo, tan grandioso?
La primera lectura describe a los discípulos reunidos en la última comida con el Maestro (cf. Hch 1, 4). Él los anima, les promete enviar al Espíritu Santo y les confía la misión de ser sus testigos «hasta el confín de la tierra» (Hch 1, 8). Les ordena que prediquen y bauticen a todos los pueblos, asegurándoles que estará presente entre ellos hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28, 20).
Tras este momento solemne, el Señor es elevado a la morada celestial. A continuación, dos ángeles reafirman la esperanza de su regreso: «El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al Cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al Cielo» (Hch 1, 11). Pero ¿cómo cumple Él la promesa de su perpetua presencia? A través de María Santísima.
Se puede afirmar, pues, que la preparación para Pentecostés comenzó por la acción de la Virgen. Desde el día de la ascensión, Ella asumió la misión de predisponer el corazón de los discípulos que, en aquel momento, aún se hallaban divididos en dos lamentables grupos: los que dudaban (cf. Mt 28, 17) y los que insistían en la mera restauración política del «reino en Israel» (Hch 1, 6).
Por lo tanto, cabe preguntarse: ¿cuáles habrían sido los frutos de Pentecostés sin la mediación de María? Como canal privilegiado de la encarnación, aceptó la responsabilidad primordial no sólo de disponer a los discípulos para la digna recepción del Espíritu Santo, sino también de prepararlos para la gran tarea de la evangelización. La Madre de la Iglesia supo santificar a los Apóstoles para la misión que les esperaba. A partir de entonces, la historia de la salvación empezó a escribirse, además de por la acción directa del Señor y del Espíritu Santo, por la intercesión de la Madre de Dios y nuestra.
Ante este misterio, conviene reflexionar: ¿pongo mi progreso espiritual en manos de la Virgen, confiando en su intercesión y sabiduría, o intento construir mi santificación basándome en criterios puramente humanos, como hicieron tantas veces los Apóstoles antes de Pentecostés? Que la experiencia de la Ascensión y Pentecostés nos inspire a confiar más plenamente en la Esposa del Espíritu Santo, y así pueda Ella sostenernos hasta el encuentro definitivo con Cristo en el Reino de los Cielos.
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, mayo 2026.