La convivencia de las tres personas divinas

Elevar, embellecer, sacralizar: he aquí los efectos del amor trinitario en nuestras almas.

La Santísima Trinidad - Catedral de Colonia (Alemania)

31 de mayo – Solemnidad de la Santísima Trinidad

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos recuerda la sublime realidad por la cual los bautizados se vuelven «dioses» (cf. Jn 10, 34-36). Altísimo misterio de nuestra fe, la inhabitación trinitaria significa que las tres personas divinas habitan realmente en nosotros.

Un aspecto tan elevado de la vida espiritual no puede ser trivializado en el trato con Dios. Por eso Moisés, tras experimentar la grandeza de lo divino, se postró en tierra y lo adoró (cf. Éx 34, 8-9), como narra la segunda lectura de hoy.

Esta actitud de reverencia estará presente en la piedad de los auténticos héroes de la fe en toda la historia. Cuando el Niño Dios, tan tierno, se manifieste al mundo, los Reyes Magos repetirán el gesto de Moisés en la adoración. El propio Cristo, durante la oración en el huerto de los olivos, se dirigirá al Padre eterno, postrándose en oración ante Él.

¡Cuántos santos, a lo largo de los siglos, se sentirán también impulsados a postrarse en tierra! Incluso los pastorcitos de Fátima lo harán, en actitud de adoración, cuando el ángel les muestre el resplandor de la presencia de Dios en la Eucaristía. En definitiva, ésa es la actitud inmediata del alma humana ante la arrebatadora e irresistible presencia de la divinidad.

Por otra parte, en Lourdes, la Madre de Dios, encantada con el alma pura de Bernadette, la trata con gran consideración, saludándola con hermosas reverencias, amable sonrisa y profundo respeto. Así se dirige la Virgen a una campesina inculta pero santa.

Ahora bien, estas consideraciones se pueden re- sumir en el término sacralidad, que, en la práctica, nos hace partícipes de las alegrías de la relación entre las tres personas divinas: «Mis delicias están con los hijos de los hombre» (Prov 8, 31). Se trata de la felicidad que experimenta el inferior, al sen- tirse pequeño, de homenajear, respetar, obedecer y honrar a quien está por encima.

¡Cuán diferente es esa convivencia de ciertas «espiritualidades» o «liturgias» que trivializan lo sagrado, hasta el punto de hacerlo desaparecer! Tales desviaciones se manifiestan, por ejemplo, en el trato vulgar hacia Dios, en celebraciones descuidadas e incluso en la pérdida del sentido de lo sagrado en las relaciones cotidianas. Todo ello acaba por debilitar el contacto con el excelso misterio de la inhabitación trinitaria en nosotros.

El respeto ante lo sagrado se ha traducido a lo largo de los siglos en la tradición litúrgica y en su riqueza a la hora de expresar el culto divino mediante reverencias, genuflexiones y postraciones, embellecidas por el órgano, el gregoriano, la polifonía, lo que le confiere a la celebración sacramental su característico esplendor.

Cómo nos ayudan estas realidades externas a tomar conciencia de que somos portadores de este altísimo misterio: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo ¡viven en nosotros!

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, mayo 2026.