María: el camino hacia la Eucaristía

El Sacramento del Altar podría llamarse el «Sacramento de la Virgen», pues la Eucaristía nos llegó por María, y por Ella nos dirigimos a la Eucaristía.

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento - Quebec (Canadá)

7 de junio – Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo nos invita a contemplar la excelsitud de la sabiduría divina: Dios, en la inmensidad de su amor, se hace alimento para permanecer con nosotros en lo más íntimo de nuestro ser.

Como enseña la escolástica, todo agente obra en proporción y semejanza a su excelencia. Ahora bien, ¿cómo podría el Salvador, en su santidad infinita, permanecer entre hombres tan pecadores, ingratos y tantas veces infieles?

El Altísimo, al observar el mundo tras la caída, buscó lo más bello, puro e inmaculado. Su dilección reposó entonces en su obra maestra, María; fue Ella quien, por su plenitud de gracia, hizo que la humanidad fuera «digna» de recibir la visita del Creador.

Eva, por la desobediencia, cerró a sus descendientes el acceso al árbol de la vida (cf. Gén 3, 22-24). La Nueva Eva, la Santísima Virgen, no sólo nos restituyó este derecho, sino que nos abrió el acceso al propio Autor de la vida. El fruto bendito de su vientre se convirtió en el Pan de los ángeles y alimento de los que viven en esta tierra de exilio.

Así lo aclara San Agustín: «Él recibió su carne de la carne de María. […] Anduvo por el mundo en esa misma carne, y nos la dio en alimento para nuestra salvación».

El papa Juan Pablo II profundiza en esta doctrina: «Ese cuerpo y esa sangre divinos, que después de la consagración están presentes en el altar, […] conservan su matriz originaria de María. […] En la raíz de la Eucaristía está, pues, la vida virginal y materna de María».

En este sentido, podemos afirmar que, en cierto modo, la Eucaristía es el «Sacramento de la Virgen». Ella no reservó para sí, de manera exclusiva, la gracia de llevar al Verbo en su seno, sino que la obtuvo para todos, a fin de que se cumpliera la promesa: «El que come
mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6, 56).

Tras la unión hipostática, no hay unión más íntima entre los hombres y la divinidad que la proporcionada por la Eucaristía. Ante este grandioso misterio, ¿cómo debe comportarse nuestra alma?

La forma más segura de comulgar dignamente no es fruto del mero esfuerzo humano, sino que viene de la imitación de María. Ella es «mujer eucarística», el sagrario vivo que el Padre preparó para su Hijo.

Como enseña San Luis Grignion de Montfort, es necesario prepararse para la comunión por la intercesión de Nuestra Señora. Debemos implorar su ayuda para que nos conceda las disposiciones interiores adecuadas para recibir a aquel a quien llevó durante nueve meses en su vientre virginal.

Roguémosle a María que nos alcance también la gratitud que sólo Ella posee por este don inestimable. Que Ella nos introduzca en el secreto del vínculo íntimo entre Madre e Hijo. Que en esta solemnidad, finalmente, podamos dar al Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo la gloria más dulce y sublime: adorarlo a través de aquella de cuya carne se formó el Salvador.

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, junio 2026.