Si las ovejas se desaniman, el Señor no deja de favorecerlas, sobre todo enviando buenos pastores; a ellas corresponde participar en el sacerdocio de Cristo mediante la generosidad de seguirlo.
14 de junio – XI Domingo del Tiempo Ordinario
Para que exista un Estado soberano, se necesita un pueblo, un territorio definido, un gobierno organizado y leyes que regulen el bien común. Sin embargo, puede existir un pueblo unido por lazos culturales o espirituales, incluso sin disponer de un territorio propio, como es el caso de los cristianos: «Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña».
En la liturgia de este domingo, el Señor le promete a Moisés que su pueblo será «un reino de sacerdotes y una nación santa» (Éx 19, 6). Ahora bien, esta alianza se extiende también a nosotros, reconciliados por el insondable amor de Cristo, que «siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5, 8).
Atrajo a un pueblo numeroso (cf. Sal 99, 3), como un pastor a sus ovejas (cf. Mt 9, 36). Y quiso multiplicar a sus ministros, porque «los trabajadores son pocos» (Mt 9, 37). ¡Sí! Su número es reducido si se compara con el tamaño de la mies; aún más pequeño si se considera la santidad…
Los sacerdotes, en particular los santos sacerdotes, son los más especialmente llamados a trabajar en la mies, pero los laicos también participan del sacerdocio de Cristo; son pueblo sacerdotal. Estos se encuentran «en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad».
De hecho, en virtud del bautismo, los laicos «están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu», en cualquier circunstancia, siempre que todo se «realice en el Espíritu de Dios». De esta manera, «los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo».
Así era la Virgen María, que nunca se cansó ni hizo que se cansaran aquellos a quienes cuidaba como Pastora. Al saber que Isabel la necesitaba, subió apresuradamente a la montaña para servirla (cf. Lc 1, 39). Fue luego a Belén, a punto de dar a luz (cf. Lc 2, 4-5).
Al nacer el Niño, huyó con Él a Egipto (cf. Mt 2, 14), regresó a Nazaret (cf. Mt 2, 21) y, más tarde, lo buscó en el Templo cuando pensó que lo había perdido (cf. Lc 2, 45-46).
Ante la falta de vino, se adelantó en favor de los novios y, al saber que aún no había llegado la hora, les dijo a todos que obedecieran a Jesús (cf. Jn 2, 1-11). Cuando los pastores de su divino Hijo lo abandonaron, Ella permaneció de pie junto a la cruz (cf. Jn 19, 25-27) y los perdonó como Madre. Finalmente, se reunió con ellos en el cenáculo, enseñándoles a rezar, a la espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14).
Las ovejas se entristecen por la falta de buenos pastores, modelos del sacerdocio del que ellas mismas participan. María fue un ejemplo sublime de seguimiento de Cristo y un modelo de virtud para todo el pueblo sacerdotal. Quien la imite en su generosidad jamás se apartará de la grey del Señor.
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, junio 2026.