Las relaciones que llamamos «amistad» se establecen casi de forma natural y no podemos vivir sin ellas. Pero… ¿son todas sinceras?
21 de junio – XII Domingo del Tiempo Ordinario
Amigo: ¡qué palabra tan prodigada! La usamos para referirnos a familiares o vecinos, colegas de trabajo, compañeros de estudios o simples conocidos… En las redes sociales, los «amigos» se multiplican, llegando a veces a contarse por miles. Sin embargo, como dice el refrán: «amigo de todos, amigo de nadie»…
Es un hecho que las amistades surgen de forma natural y es imposible vivir sin ellas: son para cada cual como «la mitad de su alma».1 Entre los bienes terrenales, no hay nada que las supere.2 Pero… ¿son todas sinceras? La liturgia de hoy ofrece algunos elementos para responder a esta pregunta.
En la primera lectura, el profeta Jeremías declara que se encuentra en medio de una feroz persecución: «Oía la acusación de la gente: “Pavor entorno”, “delatadlo”, “vamos a delatarlo”».
La continuación del versículo revela, con terrible sencillez, la identidad de estos perseguidores: «Mis amigos acechaban mi traspié» (Jer 20, 10). Sí, los amigos… ¡y todos ellos!
Ahora bien, Santo Tomás de Aquino explica que la verdadera amistad requiere una benevolencia desinteresada, por la cual deseamos el bien para el otro, y no un bien existente en el otro, lo que caracteriza al amor de concupiscencia.
Por lo tanto, los falsos amigos buscan sacar alguna ventaja de nosotros. Son «interesados», quieren disfrutar de nuestros bienes, buena voluntad, energía, relaciones… Se trata, en resumen, de enemigos disfrazados.
Sin embargo, peores y más insidiosos son aquellos que, como los de la época de Jeremías, ambicionan nuestro tesoro más preciado: la vida (cf. Jer 20, 13), no sólo la del cuerpo, sino también la del alma. «Temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna» (Mt 10, 28), advierte el Salvador.
Los falsos amigos se presentan con la máscara de la amabilidad; no obstante, en realidad, pretenden disuadir al justo de sus santas convicciones. Cuando no consiguen alcanzar ese objetivo, pasan a perseguirlo. Nos duele admitirlo, pero esa saña puede darse entre los propios familiares e incluso entre hermanos en la misma fe, es decir, los «hijos de mi madre», la Santa Iglesia, como lamenta el salmo (cf. Sal 68, 9).
El verdadero amigo, por su parte, se pone a nuestro lado, como declaró Jeremías (cf. Jer 20, 11), no sólo en los momentos felices, sino en todo momento. Podemos contar con él siempre. De hecho, si una amistad termina algún día, es porque ni siquiera empezó. En este sentido, debemos confiar en la amistad de Dios, que jamás nos abandona y cuya salvación nunca falla (cf. Sal 68, 14).
La amistad implica además reciprocidad. Sin embargo, en la relación de los hombres con Dios, existe una disparidad infinita: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los Cielos» (Mt 10, 32). Por eso, la amistad con el Señor sólo puede establecerse por un don suyo: la gracia.
Al habernos amado hasta el punto de morir por nosotros, el Redentor es nuestro amigo por excelencia: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Sigamos su ejemplo. Donde no hay verdadero sacrificio, no hay verdadera amistad.
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, junio 2026.