Escojamos también la mejor parte

No existe una tercera vía: o elegimos la de Babel o la de Pentecostés. 

«Pentecostés» - Iglesia del Espíritu Santo, Bérgamo (Italia)

24 de mayo – Solemnidad de Pentecostés

En su autobiografía, Santa Teresa del Niño Jesús narra que, al sentirse algo perpleja para hallar paz interior, decidió leer las epístolas paulinas. Por casualidad, cayeron ante sus ojos los capítulos doce y trece de la Primera Carta a los Corintios y, más concretamente, uno de los pasajes recogidos en la segunda lectura de hoy: «Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo» (1 Cor 12, 12). Concluyó que el miembro «más necesario, el más noble de todos, no le faltaba» y por eso «la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón ardía de amor». Finalmente, exultante de alegría, exclamó: «He encontrado mi sitio en la Iglesia. […] En el corazón de la Iglesia, […] yo seré el amor».

Así como el corazón sostiene interiormente la vida corporal, también el Espíritu Santo, mediante una influencia oculta, vivifica, une y mueve a la Iglesia. En este sentido, bien podrían aplicarse a la santa de Lisieux las palabras del Señor pronunciadas en Betania: Teresa «ha escogido la mejor parte, y no le será quitada» (Lc 10, 42).

En la misa de la vigilia de Pentecostés se nos presenta uno de los mayores pecados narrados en el Génesis: la arrogancia de la torre de Babel. Los hombres llevaron el orgullo a tal extremo que quisieron igualarse a Dios, pretendiendo alcanzar el cielo. Como castigo, el Señor confundió las lenguas, provocando la dispersión por toda la tierra (cf. Gén 11, 4-8).

Por el contrario, la primera lectura de la misa del día narra el descenso del Paráclito sobre los Apóstoles en lenguas de fuego. A continuación, «empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse» (Hch 2, 4), pero todos los oían anunciar las maravillas de Dios en sus propios idiomas (cf. Hch 2, 11).

A pesar de la diversidad de lenguas, todos se entendían, pues hablaban un idioma universal… ¡el lenguaje del Espíritu Santo! Por eso, el Apóstol enseña que en la Iglesia «hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor» (1 Cor 12, 4-5). La liturgia de la solemnidad de Pentecostés presenta, pues, a dos grupos de personas con actitudes interiores opuestas: los constructores de la torre de Babel, orgullosos, seguros de sí mismos y, en consecuencia, incapaces de pedir perdón; y los discípulos que, habiendo reconocido con humildad sus propias carencias y miserias, recibieron el Espíritu Santo e incluso se hicieron aptos para conceder el perdón (cf. Jn 20, 22-23).

La humanidad hodierna, confusa de mente y corrompida de corazón, como en los tiempos de la soberbia babélica, necesita implorar un gran perdón. Más que nunca, la faz de la tierra se encuentra mancillada, seca y oscura por la «torre» de los pecados. Por lo tanto, necesita ser lavada, regada e iluminada por el Espíritu Consolador.

Debemos, pues, tomar una decisión: o elegimos la vía de Babel o la vía de Pentecostés. No hay una tercera opción. Imploremos a María Santísima, Esposa del divino Espíritu Santo, que nos conceda un corazón manso y humilde, semejante al Corazón de Jesús, y nos ayude a escoger la mejor parte.

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, mayo 2026.