Si hemos muerto con Cristo, viviremos con Él

La muerte al pecado significa una nueva vida en Cristo por la caridad. Cuando amamos, entonces vivimos. 

P. Francisco Javier de Oyarzábal Gutiérrez-Barquín, EP
 
Alegoría de la caridad, de Giotto di Bondone - Capilla de los Scrovegni, Padua (Italia)

28 de junio – XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Inmortalidad: tal es el sueño del ser humano desde la caída original… En efecto, por el pecado entró la muerte en el mundo (cf. Rom 5, 12). Pero ¿cómo restaurar la vida? Paradójicamente, con la muerte, como advierte el Señor en el Evangelio de este domingo: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10, 39). San Pablo es igualmente tajante: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él» (Rom 6, 8). He aquí el divino misterio: sólo se gana la vida cuando se pierde.

Santo Tomás de Aquino, siguiendo la Tradición, comenta que dicha muerte consiste en la participación en la muerte de Cristo mediante el bautismo. Cuando se realiza este sacramento por inmersión, el catecúmeno es sumergido tres veces, para representar el triduo de la muerte del Redentor. Por esta razón, la Iglesia católica suele bautizar a los catecúmenos durante la Vigilia pascual, al término de los días de la sepultura de Jesús. El bautizado «muere» para vivir. Así como los sacramentos de la nueva ley realizan lo que significan, el bautismo produce realmente la muerte del pecado.

Pero la muerte al pecado también significa una nueva vida en Cristo por medio de la caridad. A través de la gracia, se produce una restauración del paraíso, pues el justo es verdaderamente una «criatura nueva» (2 Cor 5, 17). Cuando amamos, entonces vivimos de verdad, porque la vida de nuestra alma es el amor.

En el Evangelio, el Señor nos advierte: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37). Y añade enseguida: «El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt 10, 38). Con estas palabras, deja claro que, bajo el régimen de la gracia, es necesario cumplir el primer mandamiento de una manera aún más perfecta; se trata de un amor incondicional a Dios sobre todas las cosas, incluso por encima de nuestra propia vida y de quienes viven en nuestra casa.

Así, el Aquinate explica que nuestro amor por Dios implica también un odio implacable al pecado, porque se opone a Él. Por esta razón, los pecadores, «por su naturaleza, deben ser amados con caridad. Su culpa, en cambio, es contraria a Dios y constituye también un obstáculo para la bienaventuranza. Por eso, por la culpa que les sitúa en oposición a Dios, han de ser odiados todos, incluso el padre, la madre y los parientes, como se lee en el Evangelio de Lucas. Debemos, pues, odiar en los pecadores el serlo y amarlos como capaces de la bienaventuranza. Esto es verdaderamente amarlos en caridad por Dios».

Por lo tanto, cuando nuestro amor se purifica del pecado, llevándonos a odiar el mal sin reservas, nuestra alma se abre al verdadero amor que, bajo la guía del Espíritu Santo, nos permite amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, haciendo así que muera el hombre viejo y nazca el hombre nuevo (cf. Rom 6, 6).

Este amor no conoce la muerte: persevera hasta la bienaventuranza en el Paraíso celestial. Por él recuperamos nuestra inmortalidad, porque, como escribe el Apóstol, «la caridad no pasa jamás» (1 Cor 13, 8).

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, junio 2026.