El canto gregoriano simboliza la unidad y la santidad de la Iglesia:
unidad porque se sirve de una única melodía y lengua, el latín; santidad
porque utiliza textos, en mayor parte, de la Sagrada Escritura. Esos dos aspectos lo
convierten en la música religiosa por excelencia en Occidente, en toda la fuerza del
término.
Un canto pobre, casto y obediente. El gregoriano, por tanto, es una oración cantada, un verdadero diálogo con el Creador y un acto de alabanza a Él, pudiendo ser comparado a un incienso verbal. Según la definición del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, se trata de la «música que tiene la cualidad incomparable de expresar la actitud perfecta, el exacto grado de luz del alma recta y verdaderamente inocente cuando se pone ante Dios».